Introducción a las máquinas deseantes
Material perteneciente al seminario "Deseo, agenciamiento y pliegue".
I. Dos figuras, dos formaciones
Gilles Deleuze llega al encuentro con Félix Guattari desde una trayectoria filosófica rigurosa y
solitaria. Es un filósofo de la diferencia: su proyecto intelectual, al menos desde Diferencia y
repetición (1968) y Lógica del sentido (1969), consiste en pensar lo que el pensamiento occidental
sistemáticamente aplana. La identidad, la representación, la oposición binaria: todo aquello que la
tradición filosófica elevó a principio, Deleuze lo trata como síntoma de un pensamiento que teme
lo que no puede capturar. Su postura frente al estructuralismo es, en ese momento, de afinidad
vigilante: reconoce en él la eficacia para dar cuenta de las multiplicidades y para pensar lo simbólico
como tercer término entre lo real y lo imaginario, pero ve también su trampa constitutiva. El
estructuralismo, según Deleuze, permanece prisionero de las categorías de identidad y de oposición.
La lingüística de Saussure —ciencia piloto del paradigma— mutila la positividad potencial de la
diferencia al reducir las relaciones diferenciales entre fonemas a relaciones de oposición. Contra eso,
Deleuze opone la enseñanza marginal de Gustave Guillaume, psicomecánico del lenguaje, cuyo
aporte central es la sustitución del principio de oposición distintiva por un principio de posición
diferencial. En Guillaume lo que interesa a Deleuze es que el significado de potencia de una palabra
remite a una materia ideal anterior al discurso, virtual pero no por eso menos real. «Los
pensamientos de Guillaume y de Deleuze coinciden cuando afirman que lo virtual/potencial
también es tan real como lo actual/efectivo.» El acontecimiento, en Deleuze, no se opone a la
estructura: se articula con ella, la atraviesa, la temporaliza. «Así como no hay oposición
estructura-génesis, no hay oposición entre estructura y acontecimiento, entre estructura y sentido.»
Félix Guattari viene de otro lugar. Es militante, terapeuta en La Borde, lacaniano de
formación y de práctica, organizador de grupos, fundador de la Federación de Grupos de Estudio e
Investigaciones Institucionales. Su vida intelectual es inseparable de su vida institucional y política:
los conceptos, para él, son utensilios, cosas que se fabrican en relación con la investigación práctica.
Cuando en 1969 toma la palabra en la Escuela Freudiana de París, ya ha roto con la evolución
formalista y logicista de Lacan. No es el sucesor que Miller representa. Su intervención
—«Máquina y estructura»— nombra el blanco desde el título: hay algo que el estructuralismo no
puede pensar, y eso es la máquina. Lo que le interesa a Guattari es la articulación entre los procesos
de subjetivación y el acontecimiento histórico, el modo en que las estructuras sociales alcanzan «en
crudo» el inconsciente psicótico. El familiarismo psicoanalítico —la reducción del deseo a la
triangulación edípica— le resulta una mistificación política tanto como teórica. Antes del
encuentro con Deleuze, Guattari ya postulaba en sus notas que «el capitalismo es la esquizofrenia,
en tanto que la sociedad-estructura no ha podido asumir la producción de “esquizo”».
Dos figuras, entonces, que desde posiciones distintas habían llegado a diagnósticos
convergentes. Cuando se encuentran en el verano de 1969 en Dhuizon —en el castillo que alquila
Guattari cerca de La Borde— lo que se produce no es una simple amistad intelectual sino lo que
uno de sus amigos comunes describirá como «una operación alquímica»: «Félix producía
intensamente, Deleuze tomaba notas, ajustaba, criticaba, remitía las producciones de Félix a la
historia de la filosofía.»
II. La escritura común
La colaboración entre Deleuze y Guattari no produjo un texto de dos autores en el sentido
habitual. Produjo algo más extraño: una escritura que no pertenece a ninguno de los dos por
separado y que no sería pensable sin los dos. En las cartas que intercambian antes del encuentro ya
aparece el problema de cómo organizar un trabajo común. Deleuze escribe a Guattari: «Habría que
abandonar evidentemente todas las frases de cortesía, pero no las formas de la amistad que permiten
que uno le diga al otro: usted descubre, no comprendo, así no es…, etc.» No se trata de una división
del trabajo, ni de una síntesis de posiciones. Se trata de un agenciamiento: dos líneas que se
encuentran y producen algo que ninguna de las dos podría producir sola.
Lo que el encuentro radicalizó fue la postura crítica de ambos frente al estructuralismo.
Antes del encuentro, Deleuze mantenía con el paradigma una relación de afinidad tensa: en Lógica
del sentido todavía podía escribir que «la estructura es verdaderamente una máquina de producir el
sentido incorporal», y que «la importancia del estructuralismo en filosofía se mide según esto: que
desplaza las fronteras». Después del encuentro, la postura cambia de naturaleza. El anti-Edipo
(1972) ya no busca señalar los límites del paradigma desde adentro: funciona como lo que ambos
llaman una «máquina de guerra». Su misma escritura —proliferante, híbrida, que cruza registros
sin aviso— es la forma de la crítica: opone al formalismo de los estudios estructurales el
contrapunto de la experimentación.
III. La máquina: definición y diferencia
¿Qué es una máquina para Deleuze y Guattari? La pregunta no admite una respuesta técnica
porque la noción de máquina es, ante todo, un gesto crítico: es lo que la estructura no puede pensar
de sí misma. La estructura se define por la posición de sus elementos, por la lógica de las
oposiciones, por la sincronía. La máquina, en cambio, introduce la temporalización, el corte, el
acontecimiento. «El surgimiento de la máquina marca una fecha, un corte, y no es homogéneo con
una representación estructural.»
El concepto aparece por primera vez con claridad en la intervención de Guattari de 1969.
La máquina dependería de la repetición, pero en el sentido en que lo entiende Deleuze: la
repetición como diferencia, «como conducta y como punto de vista referido a una singularidad
intercambiable, insustituible». Lo que la máquina introduce que la estructura no puede es ese
elemento diferenciador que reintroduce el acontecimiento y el movimiento. «La temporalización
penetra la máquina por todas partes.»
La esencia de la máquina, en la formulación de Guattari, es «la operación de
desprendimiento de un significante como representante, como “diferenciante”, como corte causal,
heterogéneo al orden de las cosas estructuralmente establecido». No es un mecanismo que
reproduce lo mismo: es un operador de corte y de conexión que produce algo nuevo. En este
sentido, Guattari toma el objeto a de Lacan —que reconoce como el punto donde el propio Lacan
había tocado algo del orden de lo molecular— y lo convierte en máquina de guerra contra el
equilibrio estructural. El objeto a es lo irreductible, lo inasimilable en la estructura, el elemento que
hace fracasar los intentos de representación de sí, que descentra al individuo «al borde de sí mismo,
al límite del otro». Pero donde Lacan se detuvo —o mejor: donde permaneció prisionero de la
estructura que había logrado cuestionar— la máquina avanza.
Las máquinas son de todo tipo: técnicas, cibernéticas, de guerra, económicas, significantes,
deseantes, institucionales, literarias. La palabra se dispone a destronar la noción de estructura como
concepto central de las ciencias humanas. Cuando El anti-Edipo comienza con un capítulo
dedicado a las máquinas deseantes, y cuando Deleuze añade en 1970 a Proust y los signos una
segunda parte titulada «La máquina literaria», el gesto no es decorativo: es la sustitución
sistemática de un paradigma por otro. No hay estructura sin máquina que la traverse, sin corte que
la desestabilice. Las máquinas deseantes no tienen como modelo el aparato técnico sino el
funcionamiento del deseo mismo concebido como producción, y no como falta.
IV. Contra el estructuralismo: la diferencia en juego
El diagnóstico de fondo que Deleuze y Guattari comparten —y que El anti-Edipo convierte en
programa— es que el estructuralismo, con toda su productividad analítica, opera una clausura.
Clausura del sentido, clausura del acontecimiento, clausura del deseo. Al privilegiar la sincronía
sobre la diacronía, el sistema sobre el habla, la oposición sobre la diferencia, el paradigma
estructuralista dejó fuera precisamente lo que la máquina nombra: el movimiento, el exceso, la
producción, lo que desborda cualquier representación.
Frente a la lingüística del significante que hereda el psicoanálisis lacaniano de Saussure —y
que Deleuze y Guattari denuncian como una «soberanía» que trata a la lengua como
servidumbre—, oponen una lingüística de los flujos. El recurso a Hjelmslev no es filológico sino
estratégico: en él encuentran un «plano de inmanencia algebraica que ya no se deja sobrevolar por
ninguna instancia trascendente». La distinción entre plano de la expresión y plano del contenido,
en la lectura que hacen de Hjelmslev, permite romper el carácter binario del saussurismo y dejar
correr forma y sustancia, contenido y expresión, «siguiendo flujos de deseo». Lo que el
estructuralismo llama arbitrariedad del signo, Deleuze y Guattari lo leen como una operación
política de sobrecodificación.
La crítica no se limita a la lingüística. En la antropología, recusan la idea lévistraussiana de
sociedades frías sin historia, fundadas en la simple reproducción de lo mismo. «Un sistema de
parentesco no es una estructura, sino una práctica, una praxis, un procedimiento, e incluso una
estrategia.» En el psicoanálisis, denuncian el familiarismo: la reducción de toda manifestación del
inconsciente a la triangulación edípica es para ellos una empresa de normalización que prosigue, en
el plano terapéutico, la obra de encierro. «En lugar de participar en una empresa de liberación
efectiva, el psicoanálisis forma parte de la obra de represión burguesa más general.»
Lo que el esquizoanálisis —nombre que dan a su propio método— propone en cambio no
es un nuevo sistema sino una pregunta diferente. Frente al «¿qué quiere decir?» del psicoanálisis y
el «¿para qué sirve?» del funcionalismo, la pregunta del esquizoanálisis es: «¿Cómo funciona?».
No hay secreto profundamente sepultado que descubrir, sino máquinas deseantes que funcionan
de manera singular con sus deficiencias, sus aceleraciones, sus cortes de flujo, su devenir. «Lo que
cuenta no es tanto las líneas de presión del inconsciente, sino, por el contrario, sus líneas de fuga.»
La noción de máquina cumplió su función crítica y fue abandonada por sus propios
autores en Mil mesetas (1980), cuando el paradigma estructuralista ya no era el enemigo que había
que combatir. Ese abandono es coherente con la lógica del pensamiento de Deleuze y Guattari: los
conceptos son utensilios, no monumentos. Se fabrican en relación con un problema determinado y
se dejan cuando el problema se transforma. Lo que permanece es la operación: la apuesta por el
acontecimiento, la multiplicidad, la producción del deseo, contra cualquier forma de clausura que
pretenda fijar el sentido de antemano.
