Precorporación y deseo
Subjetividad, clase y acontecimiento
Una lectura de Mark Fisher – Realismo capitalista y «Salir del Castillo de Vampiros» – en diálogo con Diego Sztulwark.
Este texto parte de un solo concepto de Realismo capitalista – la precorporación – y lo hace trabajar en cuatro ejes: la relación entre deseo y capitalismo, la tensión entre modos de vida y formas de vida, la dimensión de la lucha de clases, y una subjetividad en crisis que Fisher retoma años después, bajo otra forma, en «Salir del Castillo de Vampiros». Cierra con un quinto momento, esta vez de la mano de Sztulwark: la filosofía del acontecimiento, que ofrece un vocabulario para pensar qué hacer con una crisis una vez que estalla.
PRECORPORACIÓN: EL MODELADO PREVENTIVO DEL DESEO
Fisher distingue la incorporación -la recuperación posterior de algo que fue subversivo- de un mecanismo previo y más eficaz: la precorporación, que no espera a que surja un deseo disidente para capturarlo: lo modela de antemano.
El viejo duelo entre el détournement y la recuperación, entre la subversión y la captura, parece haberse agotado. Ahora estamos frente a otro proceso que ya no tiene que ver con la incorporación de materiales que previamente parecían tener potencial subversivo, sino con su precorporación, a través del modelado preventivo de los deseos, las aspiraciones y las esperanzas por parte de la cultura capitalista.
DESEO Y CAPITALISMO: LA PICADORA DE CARNE
La precorporación no sería posible si el deseo fuera exterior al capitalismo. Fisher es más radical: no hay afuera del deseo desde el cual acusar al capital sin implicarse. La imagen que elige -vampiro, zombie- es la misma que retomará años más tarde para nombrar algo dentro de la propia izquierda.
Buscar posibilidades reales para la acción política implica, primero que nada, que aceptemos nuestra inserción en el nivel del deseo en la picadora de carne del capitalismo. […] El capital es un parásito abstracto, un gigantesco vampiro, un hacedor de zombies; pero la carne fresca que convierte en trabajo muerto es la nuestra y los zombies que genera somos nosotros mismos.
De ahí que el triunfo del neoliberalismo se explique menos por la imposición pura que por la captura de un deseo real y previo: el deseo obrero, posterior a 1968, de librarse de la disciplina fordista.
El éxito del neoliberalismo tuvo como condición la captura de los deseos de los trabajadores, que querían desesperadamente liberarse de las restricciones del fordismo, aunque el consumismo individualista miserable en el que nos encontramos inmersos hoy en día no es la alternativa que buscaban.
LA TENSIÓN ENTRE MODOS DE VIDA Y FORMAS DE VIDA
Fisher apenas roza esta distinción, casi de pasada, al observar qué función cumplía la ficción distópica antes del realismo capitalista:
Las películas y novelas distópicas imaginaron alternativas de esta índole: representaban desastres y calamidades que servían de pretexto narrativo para la emergencia de formas de vida diferentes.
Sztulwark toma ese mismo par y lo convierte en categoría de trabajo. La distinción ya no pasa entre vida orgánica y vida virtuosa: pasa entre dos direcciones posibles de cualquier existencia.
Llamaremos modos de vida a toda existencia que persigue una adecuación inmediata a los protocolos de compatibilidad que ofrece la dinámica de la axiomática capitalista. […] utilizaremos la noción de formas de vida para toda deriva existencial en la cual los automatismos hayan sido cortocircuitados.
Modos de vida: lo que el mercado ya tiene listo para ofrecer. Formas de vida: lo que no cuaja, el síntoma, aquello que la precorporación todavía no logró modelar de antemano.
LA DIMENSIÓN DE LA LUCHA DE CLASES
Fisher retoma a David Harvey para sostener algo incómodo: la lucha de clases no desapareció con el «fin de la política»; simplemente se sigue peleando de un solo lado.
Harvey demuestra que, en una era popularmente sindicada «pospolítica», la lucha de clases se sigue peleando aunque de un lado solo: del lado de los ricos.
Pero Fisher no idealiza a la vieja clase obrera fordista ni al sindicalismo que la representaba: el posfordismo la descompuso, y el problema político actual pasa por entender las subjetividades nuevas que quedaron en su lugar, más que por restaurarla.
Fue la desaparición de la economía fordista y de sus estructuras disciplinarias concomitantes la que nos impide continuar con las viejas instituciones políticas […] porque ya no se corresponden, estos modos, con las formas reales del capitalismo contemporáneo y las subjetividades emergentes que lo acompañan o le plantean debate. […] El posfordismo ha llevado a la descomposición de la vieja clase trabajadora.
SUBJETIVIDAD EN CRISIS
En Realismo capitalista el vampiro es el capital, y nosotros somos los zombies que genera. Cuatro años después, en «Salir del Castillo de Vampiros» (2013), Fisher reutiliza la misma figura gótica, ya no para nombrar al capital: ahora nombra una maquinaria dentro de la propia izquierda que captura el deseo militante y lo reorienta hacia la culpa y la caza de brujas.
El Castillo de Vampiros se especializa en propagar la culpa. Lo animan el deseo de sacerdote de excomulgar y condenar, el deseo de académico pedante de ser el primero en detectar un error, y el deseo de hipster de estar entre las personas más populares.
Leídos juntos, ambos textos describen la misma subjetividad en crisis desde dos ángulos: en 2009, un sujeto que no puede reconocerse como cómplice de lo que combate; en 2013, un sujeto de izquierda que, por huir de esa complicidad, la desplaza sobre otro, individualizando lo estructural y esencializando al enemigo. El texto cierra reclamando una salida de clase, no identitaria:
El rechazo del identitarianismo solo se puede lograr si se reafirma la clase. […] Nuestra lucha debe ser por la construcción de un mundo nuevo y sorprendente, no la preservación de identidades formadas y distorsionadas por el capital.